Colaboración de Marisa Gallardo Portela para Cenyeliztli, A.C.

Te acompaño

 

 

Hace ya algunos años, una de mis hijas me dio una gran lección a partir de un hecho tan cotidiano como la vida misma. Tomé mi bolsa para guardarla y al verme mi hija, que por aquel entonces tenía tres años, me preguntó: “¿A dónde vas mamá?” “A ningún lado” contesté, a lo que ella respondió: “Yo voy contigo”. Al escuchar su respuesta no pude evitar sonreír, me pareció un gesto gracioso que me provocó mucha ternura.

 

 

Sin embargo, después de un rato sus palabras volvieron a mi cabeza resonando como pequeñas gotas de agua que caen sin cesar: yo voy contigo. Su respuesta ocupó todos los espacios de mi mente y fue entonces cuando pude leer entre líneas la importancia de aquellas palabras y descubrí que lo sucedido podía funcionar como metáfora de algo más serio.

 

 

Si uno como padre no sabe a dónde va, no tiene una idea de lo que espera de la vida, ni un objetivo concreto que perseguir, los hijos van con uno. “Somos el espejo de nuestros hijos”.

 

 

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Esta conclusión me asustó muchísimo: pensar que los hijos se pueden ver arrastrados por las decisiones de sus padres es obvio, tan obvio que a menudo lo olvidamos. En ese momento tomé conciencia de la importancia de ser madre y del ejemplo que quería ofrecer a mis hijas, pero ¿cómo? La teoría ya es muy sabida, aunque la práctica…

 

 

De pronto recordé que la mejor manera para educar es mostrar. Y mostrar que uno no anda perdido en el mundo es esencial para comenzar. No es ningún sentimiento positivo para un hijo percibir que sus padres están inseguros y que se sienten como un corcho que va y viene en medio del mar en la tempestad.

 

 

 Es muy importante darles un sentido a nuestras vidas, hacer ver a nuestros hijos que sus padres caminan con dirección, que damos pasos firmes con rumbo definido o por lo menos que lo intentamos con determinación. Si nuestros hijos nos van a seguir es necesario que seamos líderes, gente que tenga opinión, pero sobre todo decisión, gente que haga del miedo un maestro, no un monstruo que lo paralice, gente que sepa dar y ver lo mejor bajo cualquier situación.

 

 

Para comenzar a dar forma a nuestra vida no es necesario esperar a que nuestras circunstancias sean favorables, ni tener la gran profesión, ni el puesto más importante, ni millones en el banco, es necesario aceptarnos y deshacernos de los pretextos que nos impiden avanzar. Querer es poder y aunque ahora mismo no tengamos muy claro lo que esperamos para nosotros, hemos de saber que la vida siempre nos dará pistas, pero sobre todo hemos de recordar que lo que si queremos con certeza es que cuando nuestros hijos nos miren vean ejemplos de grandeza.

 

 

 

Está en nosotros contagiar a nuestros hijos de entusiasmo por la vida. Nuestro ejemplo les dirá que vivir merece la pena, que la voluntad tiene recompensa y que la decisión es acción. Nuestros errores les harán ver que somos humanos y nuestros nuevos intentos les enseñarán que nunca abandonamos. Empecemos por disfrutar lo que hacemos y si no nos gusta intentemos poner el corazón en ello, hagamos lo pesado ligero y busquemos todo aquello que nos da ilusión.

 

 

Tengamos muy presente que la fuente de inspiración está en darle sentido a nuestra existencia y que son los que saben a dónde van quienes podrán mostrar el camino a los que vienen detrás.

 

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