El Apego en la Infancia

Colaboración de Rose Marie Venegas Lafon para Cenyeliztli, A.C

El Apego en la Infancia

 

 

El apego es indispensable para la supervivencia del ser humano. A los 6 meses, el niño va juntando imágenes y sensaciones armando rompecabezas hasta unificar su imagen y la de sus padres (o personas que lo críen en su defecto). Alrededor de los 8 meses el niño ya se sonríe al verse en un espejo (Lacan), ya sabe que es él: la imagen que siempre ve a su lado es la que le refleja el espejo y por deducción la otra imagen solo puede ser la suya. Por otra parte, cuando lo carga un desconocido, al llegar a la altura de su rostro, ve en él la ausencia del rostro de quien lo cuida y le da confianza y rompe en llanto: ¡Es un desconocido! ¿Dónde está el rostro amado? No está…. Entonces se siente solo y llora.

 

 

 

El niño parece volverse huraño porque empieza a tener conciencia de la ausencia y empieza a temer el abandono ante la vulnerabilidad de su condición que lo expone a la presencia/ausencia del ser amado, sin poder controlarla y sin saber en qué momento vaya a irse o regresar, hasta que un día perciba que sus padres se van y regresan en los mismos horarios al trabajo o van por él a la guardería, etc. Esto nos demuestra que el niño ya reconoce a la perfección a quien lo cuida y exige su presencia y la de nadie más.

 

 

Las rutinas le permiten anticipar lo que va a suceder y como todos, cuando sabemos lo que va a pasar, nos sentimos más seguros.

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Ainsworth describió por primera vez tres patrones de apego que influyen en el desarrollo del niño, permitiéndole predecir y adaptarse a los cuidados y/o carencias de su entorno. Estos patrones se presentan desde el año y medio de edad y perduran a lo largo de la vida, pasando incluso de una generación a otra: los padres enseñan inconscientemente estos patrones a sus bebés en sus interacciones con ellos.

 

 

Cuando los bebés seguros se encuentran en un lugar desconocido, si está su figura de apego presente, tienden a explorarlo y jugar. Sin embargo, ante toda separación, por breve que sea, cambian su conducta, dejan de jugar, se aferran a su ropa, se mecen, se quedan quietos o lloran. En cuanto regresa su figura de apego, la reciben con alegría, le sonríen, le alzan los brazos, gatean o caminan hacia ella, la abrazan y dejan de llorar: sienten consuelo al reunirse con ella y al rato siguen jugando.

 

 

En cambio, los bebés inseguros lloran de manera inconsolable, patalean al ser cargados pero si los bajan se cuelgan, mostrando una gran dependencia y enojo (apego inseguro ansioso) o bien muestran total indiferencia ante la presencia-ausencia de su figura de apego, nunca dejan de jugar, prefieren acercarse a los desconocidos, no dan lata y se ven muy independientes, demasiado para su edad… (apego inseguro evitativo).

 

 

¿POR QUÉ SE VUELVEN INSEGUROS LOS NIÑOS?

 

 

Los niños evitativos obedecen a las conductas que perciben distantes o rechazantes en sus figuras de apego: si sienten que casi nunca acuden cuando lloran, entonces ¿para qué llorar? No sirve de nada y en última instancia solo se angustiarán más o incluso provocarán el enojo de sus figuras de apego que acudirán de mala gana, los regañarán, les dirán que dejen de chillar o lloriquear, mostrando así su menosprecio y rechazo hacia la expresión de sus afectos. El niño aprende que lo prudente es no pedir ayuda y arreglárselas solito. Aprende a no confiar en los demás. La solución: no relacionarse, no teniendo amigos, aislándose, refugiándose en otras actividades o bien llevándose con todos pero sin establecer relaciones cercanas, sin verdadera amistad, exponiéndose a mayores peligros al quedarse aislados.

 

 

 

Por otra parte, los niños con apego inseguro ansioso tienen figuras de apego que responden a sus necesidades ocasionalmente y en otras los ignoran. Esta inconstancia tiende a provocar los berrinches del niño: si llora y no acuden con él, llora más fuerte pero se frustra al no entender porque en ocasiones si le responden y en otras no. El niño se desespera al no lograr predecir la conducta de sus figuras de apego y trata de obtener lo que desea por la fuerza. Sin embargo, los berrinches tienden a frustrar a los padres y a desesperarlos, porque se sienten desobedecidos, enojados con el niño y malos padres al no lograr controlar a su hijo… A su vez, el niño siente enojo, frustración e impotencia al tener que ponerse tan mal para obtener algo y sigue llorando por enojo. Estos niños crean relaciones de hiperdependencia con quienes les brinda algo de afecto pero por temor a perderlo, no lo pueden dejar ir, llegando incluso a asfixiar a sus amiguitos.

 

 

 

 

Existe otro patrón de apego desorganizado, en el que los niños muestran confusión sobre si acercarse o evadir a su figura de apego, a consecuencia de situaciones traumáticas, de abuso y maltrato con sus figuras de apego, que les son indispensables para su supervivencia pero a su vez constituyen una fuente de amenaza. Por tanto, los niños maltratados tienden a defender a sus figuras de apego, prefiriendo soportar el maltrato que ser alejados de ellos.

 

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